Juventudes libres

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Contemporánea verdad  resulta el ciclo político. Terco e inexorable cuando entraña la libertad que, especialmente los jóvenes, aspiran vivir.  Siglos atrás, fisiócratas y otras especies,  subrayaban el determinismo natural.  Aún cuando la proclama del fin, debilitamiento o transformación de las ideologías resulte atractiva para quienes se hacen llamar o reciben el apelativo de pragmáticos, la comprobación es que la revolución intelectual por doquier, redime  y subraya, sine die,  a la persona como sujeta inalienable de derechos y libertades.

Contra el hecho de ser y hacernos más libres por medio de nuestro conocimiento y albedrío, éste no es un acontecer automático, predecible y menos matemático. La política le confiere una condición de lucha y ésta no puede en nuestro tiempo y circunstancia  contener fronteras, ya que estas son materiales como el territorio mismo.

El ejercicio de la libertad aún depende, desgraciadamente, de la indisciplina y voracidad de las ambiciones de los filarcas, de quienes ejercen el poder.  Ellos y no quienes aspiran a ser libres fraguan luchas cainitas.  Participar políticamente implica mayoría de edad y esa franja etaria cada día es más joven, justificada y  naturalmente disconforme.  Siendo porción creciente del electorado, rechaza abusos e hipotecas. Traduce su quehacer combativo  sin lenguaje partidario. Hoy nos enseña la juventud libertaria que descarta el trance cortoplacista y abstencionista.

Con húmedas miradas vemos, en instantes, cómo el hombre no termina de comprender su propia dimensión cuando pisotea la condición humana en sus principios y derechos fundamentales.  Decía San Martin, la soberbia es la discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales, que se encuentran de golpe con una cuota miserable de poder.

Soy de aquellos que, priorizando los valores propios de la dignidad humana, cree en la historia discontinua como el motor de los cambios, doloroso y acaso descollante andar que hoy las juventudes y sus héroes nos lo recuerdan.  Pero no siendo determinista, el cambio hacia la conquista de la libertad  debe ser inducido, alentado y, por cierto, fundamentado en la razón; aquel don que nos distingue del resto de las especies, aunque a veces dudemos si verdaderamente lo poseemos. No existe el determinismo histórico, sólo el Ser Divino podría ser determinista y no lo es por definición, porque somos esencialmente libres, incluso hasta para negarlo.

Las noticias e imágenes nos recuerdan, verdad ésta si pétrea,  que no podemos endosar responsabilidades y tareas , ni esperar que otros las asuman naturalmente.  Debemos defendernos y ocuparnos del inmovilismo social y cívico. Resulta evidente que el debate se mantiene abierto por el florecimiento y fortaleza del desprecio hecho poder. Esta dialéctica reflexiva no puede conducirnos al silencio y menos a la indiferencia.  Nuestra obligación está siempre en diferenciar en qué parte del cuerpo social se esconde el ímpetu totalitario, y cual cirujano persistente,  extirpar y volver a extirpar el tumor.   Pretender simular una sociedad libre a punta de ballonetas del siglo XXI, sofisticaciones de la ciencia servidas para silenciar, resulta hoy culpable y deplorable.

Jóvenes y no tan jóvenes, tenemos un desafío ante esta permanente posibilidad, hoy realidad cercana. Seamos conscientes de nuestras propias debilidades, de la fragilidad de las victorias de quienes pudieron antecedernos, de lo fugaz y a veces superficial de nuestras adhesiones. Para avanzar, bajo amenaza sutil o real contra los derechos fundamentales y la libertad, sepamos que el poder ejercido autoritariamente busca su  justificación en el orden revolucionario, aquel en cuya invocación, no encuentra ni límite ni pudor.

En nuestra región sabemos cuánto ha costado reconquistar la libertad, allí donde florece aún sin mucho vigor. Vidas perdidas a mano de gatillos fáciles y por ahora impunes, nos obligan a recordar que somos seres racionales de naturaleza individual, definición que subyace desde que Aristóteles esculpió el principio hilemórfico de la persona. Cuerpo y alma,  aún cuando dudó si los esclavos poseían la última.  Hoy,  sociedades transitan el camino de la paz, del diálogo y de la libertad. Pero no son muchas, acaso menos de la mitad como estados y mucho menos si contamos las poblaciones que abarcan.

Por lo antedicho, debemos amar y respetar la vida, aprender y defender los derechos fundamentales y todo lo que la libertad permite para no caer, en cualquier terruño cercano, en tanatocracias, sistemas que conculcan la existencia misma de la persona cultivando la muerte o su amenaza como lenguaje gubernamental.

Podemos terminar citando al genio Victor Hugo,  “someterse merece desprecio y sufrir merece respeto”. Respeto, solidaridad y voz alta por quienes hinchan sus conciencias libres y levantan su voz.

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