La estrella de Panamá: Realismo ‘petro’

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“[…] , el presidente colombiano arrostra seis frentes; las tres instancias aludidas, su hijo, los ciudadanos y los financistas involucrados”

Hay cánceres que no distinguen cuerpos, pero el de la corrupción escoge a las personas por sus carencias morales y por sus tendencias y habilidades criminales.

Nuestra política huele putrefacta, apreciado lector.

No es el realismo mágico de aquellas magistrales obras literarias latinoamericanas, que, en las novelas, convertían los aconteceres irreales y fantásticos en ordinarios, normales, en parte de lo cotidiano y mundano; ese género literario encandiló al mundo con notables autores latinoamericanos y con el que Gabo también enamoró a sus millones de lectores.

¡No! Claro que no, es más bien el realismo “petro” contante y sonante, desprovisto de magia, ese que ojeando esquinado vemos cómo crecen fortunas muy prontico de vecinos que ayer se atrasaban con el pago de su hipoteca y que repugna.

Es el andar de don Dinero Montes de la Coca, aquel caballero arrogante que ingresa a todas las esferas de nuestra región y ante quien poderosos y aspirantes a serlo se muestran muy dispuestos a acuclillarse para recibir tormentas de verdes billetes.

Así, corrían los días del primer semestre del 2019 cuando Nicolás Petro Burgos, otrora olvidado primogénito del candidato presidencial Gustavo Petro Urrego –portando apellido como dicen los argentinos– postulaba a una diputación predicando el socialismo del siglo XIX. Y subrayo lo del siglo XIX, porque hay que ignorar el pasado o ser mononeuronal para pretender recetar medicinas que agudizan las enfermedades. ¿O acaso vemos turbas escapando de los países libres y desarrollados?

Tiempo después y elecciones mediante, el joven Nicolás obtuvo su diputación y su padre la Presidencia de Colombia. Ya en el cargo, el presidente Petro fue sorteando escándalos y reveses políticos hasta marzo pasado en que ella habló. La exesposa de su vástago aupado a la política, doña Daysuris Vásquez, lanzó una potente bomba racimo –aquella que libera otras pequeñas bombas aumentando el radio del impacto–, declarando que su exesposo había recibido dinero sucio destinado a la campaña presidencial y que –por si fuera poco– se había quedado con una buena tajada.

Sus dichos retrotrajeron a los colombianos al 2019. Regresaron a sus retinas las imágenes del candidato a diputado dándose lujosos gustos que ni entonces ni después pudo explicar por cuanto no concordaban con sus ingresos declarados. Todo un “flashback”, como dicen los jóvenes.

Desatada la megatormenta -y como era de esperar-, el presidente afirmó muy resuelto que no interferiría con las investigaciones y que nadie estaba por encima de la Ley, pero, ya apresado, su hijo acordó colaborar con la Fiscalía, convirtiéndose en un portentoso y temido tenor que deberá cantar a capela y con mucho detalle todo lo que sabe para aminorar la acusación fiscal ya formulada en su contra por lavado de activos y enriquecimiento ilícito.

Librado a su suerte, Nicolás se negó a recibir a su padre en la cárcel; el presidente tuvo allí que recibir ignominiosamente un papelito en el que su aparente dolido hijo le indicaba que no tenían nada de qué hablar.

Escasos días después, el nobel político recuperó su libertad con serias restricciones y deberá aceptar todas las consecuencias legales y sociales, atajando la muerte, toda vez que ya soltó un par nombres de mafiosos.

Las implicancias de los serios indicios de este sonado caso de concubinato con cárteles son mayúsculas. La oposición parlamentaria sindica al presidente de haber canjeado impunidad por dinero -imputación gravísima-; o sea, protección y seguridad para capos de la costa atlántica y de la Guajira, según los medios a cambio de harta platica.

Entre tanto, la Comisión de Acusación de la Cámara de Representantes de Colombia –la única instancia facultada para investigar y eventualmente acusar al presidente ante el Senado– ya inició investigaciones preliminares.

Presidida por el conservador Wadith Manzur, la comisión cuenta con tres representantes que instruyen el caso e incorporarán nuevos elementos conforme se conozcan e igualmente, la Procuraduría General creó una agencia especial para intervenir en el proceso en curso contra Gustavo Petro.

Con encuestas que castigan al presidente, las reacciones políticas adversas crecen “ad-portas” de las elecciones regionales de octubre próximo, acaso un referéndum de facto para el predicador socialista y conspicuo portavoz de la falsa moralina continental, hermandad que cuenta con políticos por doquier y cuyo silencio al respecto es estruendoso.

Así, el presidente colombiano arrostra seis frentes; las tres instancias aludidas, su hijo, los ciudadanos y los financistas involucrados. El mandatario deberá responder por su posible vinculación criminal con una red financiera que se despliega con flexibilidad, ropas caras y música tropical en Bogotá, en las extensas y fortificadas fincas o en las villas costeras colombianas y cuyo maravilloso atardecer naranja despierta todos nuestros sentidos y los sentimientos más bellos.

Hace pocos días, cumpliendo su primer año en el poder, el presidente invocó a la unidad nacional obviando toda mención a las imputaciones en curso, omisión muy costosa e insultante, porque presume nuestra estupidez.

Daysuris, toda una esmeralda colombiana, es investigada por lavado de activos y violación de datos personales por “hackear” nada menos que a la esposa del presidente. Bien audaz también la doña. Toda esta chicha colombiana -el realismo petro- asegura que caerá fuego desde el cielo, más temprano que tarde.

 

Artículo publicado el 22 de agosto de 2023 en La estrella de Panamá

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