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Don Javier fue mucho más que el más destacado Secretario General de las Naciones Unidas de la historia. Así lo entendió cuando en su testimonio, Peregrinaje por la Paz, afirma “el Secretario General deberá proponer de manera convincente los ideales que permitan que se unan todos los pueblos del mundo”. Ese deber de servir y de no servirse ofrece testimonio de su grandeza moral.

Admirado, habiendo escuchado todos los coros celestiales y pisado todas las alfombras rojas posibles, don Javier, diplomático y político ecuménico, hombre de todas las sangres, no dudó en ponerse al servicio de una causa patriótica cuando aceptó sin condiciones ser candidato a la presidencia en 1995 liderando un equipo demócrata que incluyó al director de este diario, el ingeniero Gustavo Mohme Llona, muy comprometido con las causas sociales.

Quienes tuvimos la inmensa fortuna de conocerlo y acompañarlo casi cotidianamente, pudimos conocer la grandeza de su alma llena de sabiduría y de bien hacer. Sabía escuchar a todo visitante y reflexivamente pensaba antes de tomar alguna decisión. Fue el candidato que nunca atacó, que jamás ofendió, a sabiendas que la contienda contra el presidente candidato era asimétrica en muchos terrenos, menos en el de una vida intachable.

La campaña llevó a don Javier a transmitir la veracidad de los problemas institucionales y estructurales del país, pero también a reconocer la valía de reformas económicas emprendidas desde 1990. Tan así de veraz fue esta historia que fue el mismo Don Javier que elegido presidente Fujimori propició sendas reuniones con los capitanes del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, del Banco Interamericano y otros foros internacionales para propiciar la salida del país del aislamiento internacional. Se podría colegir que don Javier, y es una paradoja política, compitió por la presidencia con un beneficiario, el presidente Fujimori, de su amor por el Perú.

Finalmente, cuando cumplió 90 años le pregunté por qué no había postulado a un tercer mandato en Naciones Unidas. Mira tocayo, me dijo, el presidente Bush, el inteligente, me invitó a almorzar y me pidió que postulara afirmando que tenía todos los votos del Consejo de Seguridad ante lo cual le agradecí y le pedí que me diera una razón. Bush le contestó, es que Usted no ha cometido un solo error embajador. Pensó don Javier y agradeciendo dijo, entonces ese sería mi primer error, historia que me confió contar cuando partiera. El Perú se rinde ante su  gran magisterio.

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